El reloj biológico

En los últimos años, la cronobiología –ciencia que estudia los cambios biológicos que presenta un individuo a lo largo del tiempo– ha tomado más fuerza y rigor científico, hasta el punto de que este concepto, desconocido para la mayoría, se ha posicionado como una herramienta eficaz a la hora de conocer los diferentes cambios fisiológicos que se producen en el organismo a lo largo del día. Con el fin de aplicarlo al campo de la alimentación, surge la cronodieta que, según la doctora María Teresa Barahona, especialista en nutrición, «consiste en adaptar la composición de los alimentos a los biorritmos del cuerpo». En este sentido, el ritmo circadiano, también conocido como vigilia y sueño, se erige como el principal responsable para entender cómo funciona la cronodieta. Por ello, no es casual que el comportamiento alimentario se vea condicionado una serie de neuromediadores, responsables de proporcionar energía durante el día y descanso por la noche. «Por la mañana y al mediodía es necesario un aporte de tirosina que permite la síntesis de dopamina y noradrenalina que favorecen la activación física e intelectual, así como una capacidad de reacción frente al estrés. Sin embargo, por la tarde y por la noche, el consumo de alimentos ricos en triptofano va a aumentar la síntesis de indolaminas, serotoninas y melatonina, capaces de inducir el sueño», matiza Barahona.

Si tomamos como ejemplo el refrán «desayuna como un rey, come con un príncipe y cena como un mendigo», resulta fácil comprender por qué los alimentos engordan más por la tarde-noche que por la mañana. Hidratos de carbono, proteínas y grasas constituyen los tres grandes grupos en los que se clasifican a los diferentes alimentos que ingerimos. Cada uno de ellos, y siguiendo el concepto de cronodieta, tienen su momento a la hora de consumirlos. Para el doctor Alejandro Domingo, especialista en Medicina Interna y Endocrinología del Hospital USP San Camilo de Madrid, «más hidratos de carbono en desayuno y comida y más proteínas en cena, son algunos de los consejos que se dan en este sentido, pero siempre adaptados al tipo de vida de cada persona». La explicación a este orden se debe, según Domingo, a que «los hidratos de carbono y grasas cumplen la misión de proporcionar energía al organismo. Los primeros como combustible ligero de rápida utilización o de reserva en hígado o músculos, y las grasas que se almacenan en el tejido adiposo para utilizarlo cuando las necesidades de un mayor gasto energético lo requieran. Por su parte, las proteínas aportan los materiales que necesitamos para la construcción y reconstrucción de diferentes estructuras de nuestro organismo». En cuanto a la ingesta de dulces y, en concreto, el chocolate existen muchas teorías sobre cuál es el mejor momento para tomarlos. A este respecto, Barahona sostiene que, según la cronodieta, «al ser ricos en triptofano e inducir al sueño, el mejor momento es por la tarde y por la noche. Salvo que haya una patología, es recomendable consumirlo de vez en cuando y en cantidades moderadas para evitar tener una bajada de triptofano, lo que nos llevaría con facilidad a un atracón».

Sincronizar
La doctora Marta Garaulet, profesora del departamento de Fisiología de la Universidad de Murcia y que actualmente se encuentra realizando una investigación sobre cronobiología y obesidad en Estados Unidos, sostiene que «la alimentación es, junto con la luz, el sincronizador externo más importante de los ritmos circadianos de nuestro organismo. Recientes estudios han demostrado que la falta de un patrón regular en los horarios de comidas favorece la obesidad y el riesgo cardiovascular. Si picamos continuamente o alteramos los ritmos de comidas, la información que recibe el organismo es confusa y los ritmos circadianos internos se alteran produciendo cambios importantes en nuestro metabolismo, nuestra ingesta y, finalmente, en el acumulo de peso». En esta misma línea se sitúa la doctora Susana Monereo, jefa del Servicio de Endocrinología del Hospital Universitario de Getafe en Madrid, quien asegura que «se está viendo que el orden de las comidas influye en los ritmos biológicos, pero sobre todo en el desarrollo de la obesidad porque al alterar no sólo calidad y la cantidad de los alimentos, sino también la hora en la que los ingieres, se producen trastornos metabólicos».

Calidad del sueño
Una de las investigaciones en las que ha trabajado Garaulet consiste en examinar diferentes polimorfismos del gen reloj, llamado «clock» en inglés, y su asociación con la obesidad en relación a la ingesta de energía y grasa y a diferentes factores de calidad del sueño en el hombre. «Nuestros resultados mostraron que de los cinco polimorfismos estudiados, tres se asociaron con la obesidad y la ingesta. Así, aquellos individuos portadores de la variante génica, comían más, dormían menos, ingerían más grasa, y estaban más obesos», explica. Asimismo, «el equipo de investigación en el que estoy ha sido pionero en demostrar que el tejido adiposo humano presenta un reloj circadiano interno, capaz de establecer la relación entre obesidad y cronobiología. Nuestros resultados obtenidos en cultivos de tejido adiposo humano han mostrado que la grasa humana expresa genes reloj, que además fluctúan a lo largo de 24 horas y que parecen ser capaces de regular y poner en hora a otros genes importantes del metabolismo adiposo», sostiene Garaulet. Por ello, continúa la experta, «todo apunta hacia la idea de que el funcionamiento del tejido adiposo está sujeto a horas, lo que podría indicar que el exceso de grasa en el organismo humano, es decir el sobrepeso y la obesidad, no sólo se asocia con qué comemos, si no también con cuándo lo hacemos». Aunque las investigaciones actuales se han realizado en ratones y en tejidos obesos, Monereo dice que «se está abriendo un campo muy importante de cara a la aplicación clínica».
Por otra parte, los picos de subida y de bajada que generan los niveles de insulina a lo largo del día también están directamente relacionados según a qué hora se tomen ciertos alimentos. Según Monereo «no es casual que sobre la una de la tarde se tenga hambre, porque es cuando hay una mayor sensibilidad a la insulina y los genes que regulan el metabolismo en general tienen una acción más fuerte». A este respecto, Garaulet sostiene que «la insulina tiene horarios. Por la mañana, sobre las diez, nuestro tejido adiposo es capaz de producir altas cantidades de una proteína llamada “adiponectina” que nos protege frente a la resistencia a la insulina. Cuando está elevada, la insulina funciona mejor, y en parte es por ello que por la mañana tengamos una mejor tolerancia a los carbohidratos que por la noche».

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